Es habitual que con el tiempo una fiambrera pierda su tapa original, ya sea porque se ha roto, se ha deformado con el calor o simplemente se ha perdido en algún cajón, mientras que el recipiente en sí sigue estando en perfecto estado para seguir usándose.
Antes de tirar el recipiente sin más, merece la pena pensar en usos donde la tapa no resulte imprescindible, ya que muchas tareas domésticas no requieren un cierre hermético para ser útiles en el día a día.
Usos prácticos dentro y fuera de la cocina En la cocina, estas fiambreras funcionan muy bien para organizar cajones, separando cubiertos pequeños, gomas o pilas sueltas que de otro modo se mezclarían entre sí. También sirven como recipiente para dejar en remojo utensilios antes de fregarlos con más calma.
Fuera de la cocina, son útiles para guardar tornillos, clavos y otros pequeños objetos en el taller o el trastero, donde no hace falta ningún cierre especial y basta con que el recipiente mantenga las cosas separadas y localizables con facilidad.
Con un poco de pintura o una etiqueta escrita a mano, estas fiambreras sin tapa pueden convertirse en un sistema de organización bastante completo, aprovechando algo que de otra forma habría terminado directamente en la basura sin más consideración.
También funcionan bien en el jardín o en la terraza, como pequeños recipientes para semillas, tierra o herramientas de mano, donde la falta de tapa no supone ningún inconveniente real para el uso diario que se les quiera dar.
Incluso en el garaje o el trastero, estas fiambreras ayudan a mantener separados pequeños accesorios que de otro modo se mezclarían con facilidad, dándoles así una segunda vida mucho más larga que la que habrían tenido guardando solo comida en la cocina durante unos pocos meses más antes de acabar en la basura.